Crónica NICK MOSS en la Sala Capitol (Santiago de Compostela, 23/03/17)

Redacción y fotografías: Marcelo Saffores

“NICK MOSS: Una Blues-Jam de lujo que conmueve”

Y de pronto aparece alguien que te cambia todos los esquemas que traes en la cabeza respecto del concierto que vas a presenciar. Sabes, por lo que has leído en la prensa o las redes, que un tal Nick Moss llega desde Chicago con dos discos editados y tres nominaciones para los premios 2017 de la Blues Music Awards (Mejor Banda, Mejor Álbum y Mejor Álbum Contemporáneo), premios que concede la Blues Foundation de Memphis.

Claro, el tal Nick Moss no es otro que uno de los grandes guitarristas de las más conspicuas sesiones de Blues-Jam que se puedan encontrar en las ciudades más bluseras de los Estados Unidos. Lo típico… unos días antes te escuchas todo lo que puedas del artista, como para ir con “los deberes” hechos al concierto.

Sala Capitol, un jueves 23 de marzo invernal, con frío y llovizna persistentes. De a poco se amontona la gente en la puerta. Casi siempre somos los mismos y alguno más. Ya nos conocemos. Nos saludamos y aprovechamos para intercambiar opiniones. Y eso mola, porque ayuda a afianzar los lazos de hermandad que tenemos los bluseros allá donde nos pille un concierto.

Decía que te cambia los esquemas porque no hay un setlist de canciones pegado por ninguna parte. Genial. Nos van a sorprender -piensas- o quizás ni ellos sepan qué van a tocar y todo será una verdadera “jam”. Punto a favor porque a uno como público le gusta más la improvisación que lo estipulado.

Suenan entonces los primeros acordes y la banda se despacha con un ataque furibundo de música apoyado sobre la base de un riff aniquilador que sostienen Patrick Seals en la batería y Nick Fane en el bajo.

Lo que sigue a partir de entonces es un show… que digo un show, mejor digo una “Jam” de lujo que dura poco más de hora y media y en la cual no tocan más de una docena de canciones. Rápidamente me doy cuenta el por qué no había setlist: no hacía falta. Nick Moss propone y la banda acompaña y además se luce.

El blues está servido y los afortunados que estamos en la sala, nos ponemos hasta arriba de una música que tiene la particularidad de no saciar, de no producir hartazgo. Todo lo contrario: quieres más.

El show tiene momentos de gloria. El primero, durante la tercera canción. Un blues triste y lastimoso que arranca por todo lo alto en cuanto a volumen y ataque instrumental, para ir descendiendo poco a poco mientras Nick ejecuta un solo interminable, guiando a su banda que acaba acariciando los instrumentos; haciéndolos sonar en un volumen tan bajo, que el chasquido de las cámaras fotográficas que no cesaba, podía escucharse desde un extremo a otro de la sala. Juro que me conmovió oír a una banda tocar y sonar tan prístino, a un volumen que no hubiera despertado a un bebé si hubiera estado durmiendo detrás del escenario. Solo recuerdo algo así, una vez en mi vida: cuando Gary Moore tocó en el Multiusos un año antes de su muerte. No sé si a Nick le gustaría mi asociación, pero en todo momento su estilo me recordó al del gran guitarrista británico.

Otro gran momento de la noche fue cuando homenajeó a Chuck Berry tocando a su modo un viejo rock’n’roll del maestro, aclarando antes, que “la guitarra y los guitarristas se dividen en antes y después de Chuck. Sensacional. Y queda por destacar, el intermedio en el cual se retira con el bajista para que el teclista Taylor Streiff (un monstruo de la ejecución) se despache con dos piezas de “booggie booggie” acompañado por el batería: dos interpretaciones magistrales que dejan sin aliento y provocan la mayor ovación de la noche. Como corresponde, llegando al final Nick cede a sus músicos el espacio para que se luzcan, haciendo cada uno su propio solo instrumental y así dejar en claro que a él lo acompaña una banda de pesos pesados.

Cuando se despiden, luego de un bis que el público exige, te marchas feliz. Nick Moss pasó por Santiago y te sientes un privilegiado. Has visto y oído a un tío increíble que despliega su talento con la misma naturalidad que sopla el viento o rompe el mar en una playa, como si eso no fuera un milagro.

 

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